ALOCUCIÓN FINAL DE MONSEÑOR FRANCISCO CÉSAR GARCÍA MAGÁN, OBISPO AUXILIAR DE TOLEDO, CON OCASIÓN DE SU ORDENACIÓN EPISCOPAL

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo de Toledo, Primado de España, Excelentísimo y Reverendísimo Señor Nuncio Apostólico en España, Excelentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo Emérito de Toledo, Eminentisimos Señores Cardenales, Excelentisimos Señores Arzobispos y Obispos, Excelentísimo Señor Decano del Tribunal de la Rota Romana.

Muy querida familia y amigos.

Ilustrísimos Señores Vicarios generales y episcopales de esta archidiócesis toledana y de las otras iglesias particulares que nos acompañan; Excelentisimo Cabildo Primado; queridos sacerdotes y vida consagrada; autoridades de las Órdenes, Capítulos, Hermandades y Cofra- días presentes.

Excelentisimo Señor Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha; Exce- lentisimo Señor Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación del Reino de España; Excelentisimo Señor Presidente de las Cortes de Castilla-La Mancha; Excelentisima Señora Alcaldesa de Toledo y Corporación Municipal; Ilustrísimo Señor Presidente de la Diputación Provincial de Toledo; Excelentisimo Señor Subsecretario del Ministerio de Asun- tos Exteriores; Ilustrísimo Señor Subdelegado del Gobierno; Excelentisimo Señor Expresiden- te del Congreso de los Diputados; autoridades civiles nacionales, autonómicas, provinciales y locales; autoridades judiciales y universitarias.

Excelentisimos Señores Generales; Excelentisimo Señor Jefe Superior del Cuerpo Nacional de Policía en Castilla-La Mancha; Ilustrísimos Señores Coroneles; Ilustrísimos Señores Comi- sarios Jefes Provinciales de Policía Nacional; Ilustrísimo Señor Jefe de la Policía Local; autori- dades militares y policiales.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Con alegría y gratitud me dirijo a todos ustedes y a cuantos nos siguen por televisión, ra- dio y redes sociales, al finalizar esta solemne Eucaristía en la que he sido ordenado obispo.

Eucaristia es acción de gracias y estas palabras finales desean ser expresión de un pro- fundo agradecimiento. En primer lugar, a Jesucristo el Señor, quien me ha llamado, mediante la Iglesia, al ministerio episcopal como sucesor de los Apóstoles. Vivo esto como una nueva vocación dentro de la llamada que ya me había hecho al sacerdocio. Vocación que, como hemos escuchado en el evangelio que se nos ha proclamado, es para estar con Él, para aprender en la escuela de su palabra salvadora y de su vida encarnada, y desde ahí ser en- viado a predicar la Buena Noticia de su mensaje, que es plenitud de realización y oferta de santificación para todo hombre y mujer, y para todas las dimensiones de la existencia humana.

Ante esta nueva llamada del Señor os revelo que he sentido y siento la gran distancia que media entre la misión para la que Jesucristo me elige y lo que yo soy. Por ello, son dos las vivencias que he experimentado: por una parte, como san Pedro, le he dicho al Señor:

“Apártate de mí que soy un pecador”. En palabras del Papa Francisco: “Ésta es la herencia que el primer Papa dejó a los Papas y a los obispos de la Iglesia”. Por otra parte, postrado a las puertas de la tienda de mi historia personal, como el profeta Elías, le he dicho al Señor: “No pases de largo sin detenerte” y, sí, he experimentado su presencia como suave brisa. Soy consciente de que lo único que puedo aportar son apenas cinco panes, pero también tengo la certeza de que el Señor podrá hacer con ellos un nuevo milagro de multiplicación para dar de comer su palabra y su gracia a multitudes.

Como hemos escuchado en la Carta a los Hebreos y recoge mi lema episcopal, el sacerdo- te, el obispo, es tomado de entre los hombres, es decir, es ante todo un bautizado del Pue- blo de Dios. La vocación bautismal y la vivencia como fiel cristiano sigue siendo el funda- mento de cualquier otra misión en la Iglesia. El ministro de la comunidad, en este caso obis- po, está constituido “a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios”. Por tanto, queridos hermanos, mi nueva vocación es servicio pastoral, entrega ministerial para conduciros al Maestro.

Muy querido Señor Arzobispo, el Santo Padre, al incorporarme al colegio episcopal, ha querido asignarme la tarea de ser su colaborador como Obispo Auxiliar en esta mi queridísima archidiócesis de Toledo, mi iglesia madre. Querido D. Francisco, hace casi 40 años, un joven seminarista acudía cada semana a la parroquia de san Nicolás de esta ciudad para realizar sus prácticas pastorales. Allí, desde el silencio y la admiración, se fijaba en un joven vicario parroquial que, desde la entrega y la cercanía a todos, le enseñaba a ser sacerdote. Años después, coincidieron ambos como compañeros en el Pontificio Colegio Español de Roma, y el sacerdote más joven seguía admirando en el que fue vicario de San Nicolás su servicio fraterno y su disponibilidad para todos. Hoy, 40 años después, el joven vicario es el Arzobispo Primado y aquel joven sacerdote es tu obispo auxiliar que seguirá fijándose en ti para aprender su nuevo ministerio. Aquí tienes mis manos para ponerlas junto a las tuyas y seguir así roturando este campo del Señor que es nuestra iglesia particular. Aquí tienes mi espalda para ayudarte a llevar el peso de las cruces que el Señor envía y que sabemos que, antes o después, tienen su mañana de resurrección. La comunión y cooperación que ya pres- taba con tu servicio episcopal como vicario general, se ve ahora profundizada con un nuevo mandato de la Iglesia, a través del Sumo Pontífice. Cuenta conmigo para todo y en todo momento.

Querido Señor Nuncio Apostólico, muchas gracias por su presencia y por haber aceptado ser coconsagrante en mi ordenación episcopal. Ruego a Vuestra Excelencia que transmita al Santo Padre mi más profunda comunión eclesial y mi obediencia leal a su persona y a su ministerio como sucesor del apóstol Pedro. Como le dije el día que me notificó mi nombramiento, los años de servicio directo a la Santa Sede bajo los pontificados de san Juan Pablo II y de Benedicto XVI, en Secretaría de Estado y en diversas Nunciaturas Apostólicas, los vivo como una gracia muy especial del Señor en mi ministerio presbiteral. Por esto he querido incluir a los últimos Sumos Pontífices canonizados en las letanías de los santos. Por ello pedí a Vuestra Excelencia que, como Representante del Papa en España, fuera uno de los coconsagrantes. Ese ministerio al servicio de la Sede Apostólica me enseñó a sentir, respirar y contemplar el rico y variado horizonte de la catolicidad de la Iglesia de Cristo. Guardo como preciosas reliquias los encuentros y diálogos con san Juan Pablo II y a él encomiendo mi servicio episcopal. Haciendo memoria del servicio a la Santa Sede, saludo con mucho afecto y gratitud al Nuncio Apostólico Mons. Javier Lozano, mi primer jefe en Secretaría de

Estado y Representante en esta celebración del Eminentisimo Decano del Colegio Cardenali- cio; así como vivo agradecimiento también a Mons. Vicente Juan Segura, su sucesor en Secretaría de Estado. Un saludo fraternal para Mons. Santiago De Wit, Nuncio Apostólico en República Centroafricana, compañero y amigo de los años de la Pontificia Academia Eclesiástica; gracias por tu presencia; pido por tu servicio en territorios de misión. Recuerdo y agradezco al Señor a los otros Nuncios y superiores de la Curia Romana con quienes tuve el honor de colaborar y aprender de ellos.

Querido Señor Arzobispo emérito de Toledo, querido D. Braulio, muchas gracias por tantas y tantas cosas. Desde la confianza que depositó en mí cuando me nombró vicario episcopal y posteriormente vicario general, hasta el ejemplo de entrega y fidelidad que nos ofreció a toda la archidiócesis durante los años de su pontificado. Profunda gratitud por su testimonio ejemplar cuando la enfermedad llamó a las puertas de su vida. Muchas, muchas gracias por la semana de ejercicios espirituales que me ha dirigido para prepararme para esta ordenación. El día que se hizo público mi nombramiento me dijo que “me dejara querer” y que “buscara mi fuerza en la Iglesia”. Pues bien, le he hecho caso, me he dejado querer y me he sentido reconfortado y abrumado por las innumerables muestras de cariño que he recibido en estos dos meses y, sí D. Braulio, he sentido y siento que mi fuerza es, ha sido y será siempre la Iglesia Madre, esposa de Cristo, Pueblo de Dios que camina en la historia de la humanidad.

Mi agradecimiento al Eminentisimo Señor Cardenal D. Antonio Cañizares, anterior Arzobispo de Toledo.

Querido D. Antonio, como ya le he manifestado en varias ocasiones, hoy le renuevo mi gratitud públicamente porque, cuando un servidor regresó a esta iglesia particular después de los años de servicio a la Sede Apostólica, su acogida fue la de un au- téntico padre y buen pastor. Dios se lo pague siempre.

En ustedes, D. Braulio y D. Antonio, hago memoria agradecida al Señor por los arzobispos que he tenido en esta archidiócesis: el Cardenal D. Marcelo González Martin que me ordenó sacerdote, que me envió a Roma a ampliar estudios y que generosamente me cedió para estar al servicio de la Santa Sede. El legado eclesial de D. Marcelo es rica herencia viva no sólo en esta comunidad diocesana sino en tantas iglesias particulares de la Iglesia universal, lo cual le hace merecedor de ser calificado como un Padre de la Iglesia contemporánea. Igualmente recuerdo de viva gratitud para el Cardenal D. Francisco Álvarez Martínez, fallecido la semana pasada. Solícito y eficaz pastor, hombre de fidelidad exquisita a la Iglesia. Le pido que interceda por mí ante el Señor para que también yo pueda cumplir siempre su lema “obediencia y paz”. Permítanme recordar con gratitud filial a D. Rafael Palmero Ramos, obispo auxiliar de esta archidiócesis y posterior obispo de Palencia y de Orihuela-Alicante. En los albores de mi ministerio sacerdotal fue maestro, amigo y modelo; su fidelidad y su generosidad eclesial permanecen en mí como herencia imborrable y pauta a seguir en mi nuevo episcopado.

Muchas gracias Señores Cardenales, Señores Arzobispos y Obispos por vuestra presencia y por las muestras de afecto, por los testimonios de oración y cercanía que me han ofrecido tanto los aquí presentes como cuantos no están, pero lo han hecho de viva voz y por escrito. Les aseguro que he experimentado ya la fraternidad del colegio episcopal. Entre ustedes hay antiguos profesores de un servidor, antiguos compañeros de la época del Seminario o de estudios en Roma. De todos ustedes espero aprender mucho y bueno para este nuevo ministerio al que el Señor me llama.

Mi agradecimiento se viste de cercanía al calor del corazón para vosotros, querida hermana, querido cuñado, querido sobrino, mi familia más íntima, mi círculo de pertenencia más estrecho; por ello os lo expreso en un gran abrazo que grita: “millones de gracias por todo y os quiero mucho”. Gratitud extensiva al resto de mis familiares, queridos tios y tías, queridos primos; durante toda mi vida y ahora también he recibido vuestro apoyo y vuestro cariño. Mil gracias a mi familia de adopción nicaragüense y a los amigos. No sois familia de sangre pero sois familia en el espíritu; bien sabéis quiénes sois y con vosotros tengo contraída una deuda para siempre por vuestro apoyo, por vuestra compañía y por compartir vida, vuestra vida, con la mía. Un especial gracias a mis antiguos compañeros de B.U.P. y C.O.U. del Instituto Cervantes de Madrid, que han querido acompañarme en este día.

Una gratitud infinita llena de cariño hecho oración por mis padres, Francisco y Marina. Les pido que acompañen y guíen, desde su intercesión, mi episcopado. De ellos recibí la vida, la fe, la educación, todo lo que tengo y todo lo que soy. Si yo fuera capaz de ofrecer la mitad de entrega y de amor de los que nos ofrecieron a mi hermana y a mí, ¡qué buen obispo sería! Querido papá, querida mamá un gran abrazo y un beso infinito.

Queridos sacerdotes de esta archidiócesis, queridos Vicarios, queridos Capitulares de esta Catedral, muchas gracias por vuestra fraternidad. Gracias por el ejemplo y el testimonio de vuestra entrega ministerial. Muchas gracias por las innumerables muestras de cercanía y afecto que he recibido en estos meses de vosotros y de vuestras comunidades. He compartido con vosotros durante 35 años el ser parte de este presbiterio toledano; ahora me pongo a vuestro servicio desde el ministerio episcopal y desde la ayuda directa a nuestro querido Arzobispo. Sigamos caminando juntos con ilusión evangelizadora renovada, dando gracias a Dios por la bendición que tiene nuestra iglesia particular con un presbiterio rico en número y en acciones pastorales. Gracias queridos compañeros de curso del Seminario, hermanos y siempre amigos en todo momento y circunstancias. Queridos hermanos sacer- dotes asistentes Juan y Francisco María, gracias por vuestra leal amistad y fraternidad. Muy queridos seminaristas de nuestros Seminarios diocesanos y queridos candidatos al diacona- do permanente, muchas gracias por vuestra respuesta a la llamada del Señor, por vuestra entrega y perseverancia que es adviento de esperanza para nuestra iglesia toledana.

Igualmente mi gratitud, envuelta en amistad y fraternidad, a todos los demás presbíteros venidos de otras diócesis: queridos hermanos vicarios generales y episcopales de la provincia eclesiástica y de otras iglesias particulares; queridos antiguos profesores de Toledo y de Roma, queridos compañeros de estudios en Roma, compañeros profesores de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad San Dámaso y alumnos y antiguos alumnos de la mis- ma. Todos vosotros sois estimulo y don del Señor para seguir echando las redes cada día, aunque la pesca no sea tan abundante como a veces deseamos.

Un gracias especial a la vida consagrada, queridas religiosas presentes, queridas consagradas laicas, queridos religiosos y consagrados. Un agradecimiento especial a tantas monjas que están presentes con su oración y su sacrificio desde la cercanía espiritual de la clausura. La vida consagrada sois don profético para toda iglesia particular. Una comunidad diocesana estaría incompleta sin vuestra presencia y vivencia puesto que nos recordáis a todos, también a los obispos, la radicalidad de los valores evangélicos que deben ser base y fundamento de toda vida cristiana. Vuestra vocación es luz de centinela que debe alumbrar todas las oscuridades de la vida de los hombres con el resplandor de la buena nueva de que el Señor ha resucitado.

Me dirijo ahora a vosotros queridos laicos y laicas, en la pluralidad de las parroquias y en la diversidad de carismas de Órdenes, Capítulos, Hermandades, Cofradías, movimientos, grupos parroquiales, catequistas, voluntarios de Caritas, etc., constituís la mayoría del Pueblo de Dios y sois la razón de nuestro servicio pastoral. Muchas gracias por vuestro testimonio y ejemplo, por vuestra fe sostenida y profesada en medio de los avatares de la historia, en medio de la sociedad, en vuestras familias -iglesias domésticas y células básicas e in- sustituibles de la sociedad-, en vuestros trabajos, en vuestras alegrías y sufrimientos. Somos pastores por y para vosotros; contad conmigo sin ninguna reserva para todo lo que necesitéis porque para eso me constituye el Señor como obispo. Ahora bien, para realizar este ser- vicio tengo que seguir caminando a vuestro lado como cristiano porque sólo siendo mejor cristiano, seré buen obispo. Como dijo el santo de Hipona, “con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo”. Un recuerdo muy especial para los enfermos, para los ancianos, para los que pasan necesidad material o espiritual, para los que estáis solos, para los marginados por cualquier causa; vosotros sois los preferidos de Jesucristo y por ello tenéis que ocupar un lugar especial en mi corazón de pastor.

Un saludo lleno de respeto y cercanía a todas las autoridades civiles y militares nacionales, autonómicas, provinciales y locales. Vuestra presencia en esta celebración es signo de la normalidad democrática de unas relaciones de cooperación que todos hemos de promover, desde el respeto y la autonomía de cada ámbito, en aras del bien común y del servicio que todos deseamos ofrecer a los hombres y mujeres de nuestra sociedad. Señor Ministro de Asuntos Exteriores, muchas gracias por habernos honrado con su presencia; querido amigo José Manuel, mi gratitud por acompañarme, una vez más y en esta ocasión en compañía de tus hijos, en este momento significativo de mi vida, lo cual reitera tu aprecio y amistad hacia mi persona.

En estos meses, desde que se publicó mi nombramiento, he estado reflexionando y preguntándome qué podrían significar para mi ministerio episcopal las circunstancias socia- les y eclesiales en las cuales da inicio, qué querría decirme el Señor porque nuestra vivencia de la fe, desde que la Palabra de Dios se hizo carne, ni es utópica ni es una alienación de la realidad concreta, histórica en la que vivimos. En cuanto al contexto social, me han nombra- do obispo, como a otros hermanos que estáis aquí, en medio de esta pandemia causada por el COVID que sacude a toda la humanidad, como un signo de globalización, en este caso negativo. ¿Qué debemos responder como obispos? Creo humildemente que nuestra misión debe ser anunciar esperanza a todos los hombres y mujeres, proclamar el sentido pleno de sus existencias, intentar iluminar los misterios de la enfermedad y de la muerte, y para todo ello contamos con el mensaje que hemos recibido por sucesión apostólica; nosotros somos testigos del Resucitado y desde su luz hemos de alumbrar todas las noches y los sinsentidos de la vida de los hombres y mujeres.

En cuanto al contexto eclesial, empiezo mi servicio episcopal en un momento de preparación sinodal en el conjunto de la Iglesia Universal y, a medio plazo, también en nuestra archidiócesis. Esto significa que todos hemos de tomar conciencia de la naturaleza comunional de la Iglesia, lo cual no es ni un asamblearismo ni un mero sociologismo, sino que se trata de potenciar y vivir la realidad poliédrica de la Iglesia en la diversidad de sus ministerios, servicios y vocaciones, como diversas son las formas y colores de las vidrieras de nuestra catedral. La catolicidad no es uniformidad sino variedad en comunión y en fraternidad cristiana.

En el umbral de esta nueva vocación, a la que el Señor me ha llamado por pura gracia suya, me encomiendo a la protección de Santa María, Madre de la Iglesia, Estrella de la nue- va evangelización, como aparece en mi escudo. Le pido que me cubra con su amor materno como hizo con san Ildefonso y, siguiendo el consejo de san Bernardo, postrado en el inicio de mi ministerio episcopal, bajo la mirada del Altisimo, miro a la Estrella e invoco a María.

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